chichen itza

Ver una pirámide y no saber quien la diseñó, ver Tenochtitlán o alguna otra ciudad de Anáhuac, del territorio Maya o el Imperio Inca, apreciar el alineamiento de la arquitectura con los astros sin saber quienes fueron los ingenieros, aplastar cualquier creación cultural bajo la premisa de que eran sociedades completamente teocráticas, desconocer por completo los diálogos y debates de sus comunidades, cuestionar si eran o no científicas cuando todos los vestigios nos indican claramente que sí, leer aquella poesía sólo para identificar rastros de algún calendario conocido y pasar completamente por alto la humanidad, el dolor, la belleza, la vida y la narrativa del autor. Eso, más la violencia y muerte, la esclavitud y el aberrante desprecio hacia su forma humana nos podrían dar una idea de la magnitud de la conquista física, cultural, económica, espiritual y social de la cual somos, como nación, descendientes.

La conquista rompe nuestro dialogo con la historia, nuestras preguntas se quedan perpetuamente sin respuesta. Es probable que el ejercicio de la imaginación nos permita darle forma a la oscuridad y palabras a la herida. Sin embargo la realidad es que aquellas vidas y aquellas culturas fueron destrozadas irreparablemente.

En las escuelas los libros de historia nos cuentan anécdotas remotas, ajenas, cuyo sentido se desfigura entre la proclamación de una nación orgullosa de sí misma. Sin embargo en el día  a día se puede claramente comprender que  somos descendientes de la historia pero que no hemos aprendido casi nada de ella.

¿Y en realidad de que tamaño fue la conquista?