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Mucho ruido pocas nueces

EXHIBICIÓN DE LA OBRA MIGUEL ÁNGEL Y LEONARDO DA VINCI EN EL PALACIO DE BELLAS ARTES.

Los intercambios culturales son efectivos cuando podemos observar en nuestra ciudad o país, piezas artísticas de autores extranjeros, artistas conocidos por las masas o sólo por el público especializado. Por ejemplo “La Mona Lisa” cuyo nombre original es “La Gioconda”, es una pintura muy reconocida que, aunque quizá se ignore el nombre de su creador, Leonardo Da Vinci, es una imagen bien posicionada en la memoria popular. De estos préstamos o intercambios culturales entre México e Italia, tenemos la visita de dos maestros. Yo vivo en Colima y las noticias de la muestra llegaron a mí por la televisión y redes sociales, mi primer pensamiento fue “por mitad de precio voy a ver a Miguel Angel y Leonardo Da Vinci, ya que nunca he podido viajar a Italia”. Bocetos originales, pinturas y copias de esculturas de Miguel Ángel y Leonardo Da Vinci, —artistas Italianos del renacimiento, siglo XIV— se exhibieron en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Nada parecía mas apropiado para estos artistas que el majestuoso y lujoso palacio.

Sin embargo, pese a la coordinación de años, las negociaciones con el otro país, los seguros de la obra, publicidad, etc. un total de seis millones de pesos, (presupuesto del erario publico) que bien vale la pena cuando a dos semanas de apertura se contabilizaron 30 mil visitas, a razón de $47 pesos, menos los descuentos, entrada libre a maestros y estudiantes, y tomando en cuenta que la exposición más grande en Latinoamérica contó con ochocientas mil visitas, escena totalmente prometedora. A salvo de todo este panorama, vivimos un penoso calvario para ver las obras: estar de pie en dos filas; la primera para obtener el boleto, 40 u 80 minutos bajo el sol. La lentitud se debió a las dos insuficientes taquillas. La segunda fila frente a las escaleras era para entrar a la salas. Por otra parte, el mármol de colores asemejaba una carnicería, el mármol rojo con vetas blancas parecía un filete cubriendo el lobby del recinto.

La tercera forma de adquirir boleto era por medio de “ticket master” con un costo de $77 pesos, entrar no era sencillo, menos para los que vivimos lejos. Adentro, el personal estresado nos repliega hacia la pared 15 minutos más. Subimos con distintas expectativas, yo sabía que gran parte de las obras escultóricas serían copias del original; los italianos a diferencia de los mexicanos, atesoran sus piezas, cual debe de ser, aun así los espectadores devoran las esculturas, escuchan con atención la explicación sobre “La Piedad” de Miguel Ángel, en mármol de Carrara.

Yo prefiero a Da Vinci, sus inventos, sus bocetos de rostros jóvenes y viejos, simples bocetos que nos dejan admirar su conocimiento de anatomía. La pieza extraordinaria: “El código del vuelo”, esa libreta de apuntes donde estudia a las aves, sus alas, su estructura que les permite deslizarse sobre el viento. Un maestro de maestros, un científico, un ingeniero evolucionado para su tiempo.

No recuerdo en qué estación del metro me percaté con asombro que el cartel de la exhibición fue ilustrado con 40 o 45 imágenes de “La Mona Lisa”, a un costado se leía: “Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México”. Siento pena por los visitantes que fueron plantados por la famosísima dama. El arte es una voz y su tópicos son libres, lamentablemente las voces famosas terminan como diálogos exclusivos, en manos de sujetos que poco piensan en la democracia. Creo que hay que repensar los eventos en razón del objetivo primordial: los públicos, una de las tres misiones de los museos es la educación. Las exposiciones mediática que se convierten en números negros con muchos ceros, son la gloria del director, como fuente de este paraíso que escurre hacia abajo, terminan en experiencia desagradable de poco aprendizaje para el objetivo de las exhibiciones que son los públicos.

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