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Cuando entro a una librería y veo un título bilingüe, reviso el libro y acaso identifico algunas palabras e ignoro el resto. Transito por el español y reconozco la factura de un poema o cuento. Sé que detrás de ese libro hay un esfuerzo extraordinario, digno de reconocerse. Según el Instituto Nacional de las Lenguas Indígenas (INALI), en nuestro país existen 68 lenguas indígenas. Sabemos que hay institutos y etcéteras que trabajan en el resguardo de las lenguas originarias pero la realidad es otra. Hace unos días, el dueño de una pequeña librería infantil me habló maravillas de equis colegio porque “los niños, antes del español, hablan inglés”. No está mal pero ¿por qué subordinar el español? Ni qué decir de las lenguas indígenas; no son visibles, no existen o flotan por ahí en alguna leyenda desvencijada que pocos quieren leer. ¿Por qué las calles son bautizadas con nombres de auténticos saqueadores? ¿Qué tal si renombramos los espacios citadinos?, ¿qué tal si vamos apostándole a la literatura bilingüe?     Escuchar la música de tantas lenguas que coexisten en nuestro país, hacerlas visibles frente a los perpetuos intentos de marginación que han enfrentado.


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