corazon

Yo me enamoré de un chico que se llama David; cuando uno está clavado no debería escribir nada porque todo resulta un avispero remielero y ya traicionando la razón, ni cómo hacerse la ilusa. Escribo corazones y ando comiendo corazones a la David. Quiero contarles, ya sé que no les importa, pero con la necesidad de platicar un chisme, sucedió así: La cosa se puso buena cuando lo vi llegar un tanto cómico y pelón; empezó a bailar como un loco, se bajó los pantalones y le enseñó las nalgas a su amigos; me recordó a mi hermano y en mi mente lo puse cerca; pensé que podía reírme con él, pero él ni me vio, más bien, me ignoró.
Así que aburrida me besuqueé a uno de los de la fiesta; vivía la época del aburrimiento y cuando iba a una reunión y me aburría, buscaba a alguien que me diera mordidas, sin importar de quién se trataba. Así que elegí un conejito blanco que andaba por ahí como conquistador y le dije –bésame en la cocina- y entonces me olvidé un tiempo de ese muchacho alegre que había llamado mi vida. Después de sentirme con historias alteradas y aleatorias y tonterías en menú completo, David me buscó para invitarme a salir, yo ni le creía, porque lo hacía lejos, en el D.F; ni le contestaba, hasta que me dijo que se había venido a vivir a Colima.
Un día, estando con mi amiga Aurora, nos pusimos a reírnos de varios atrevidos por el Facebook, a todos les decíamos cosas cursis y ellos contestaban bochornosos. Allí cayó el David, luego me prestó dinero para enviar unos poemarios al premio Aguascalientes -momento iluso de mi vida- (por favor, esto sí tómenlo en serio, no anden mandando poemarios a concursos, no los tomarán en cuenta si no están relacionados con los poetas de escena nacional, aunque me oiga mal, es de neta, al menos que suceda un milagro).
David llegó sonriente, con una camisa de cuadros y unos zapatos cafés, siempre había andado con batos de convers y música derrumbada. Yo traía un ojo morado como virgen de las tinieblas, mi hijo Lamar me había aventado una biblia; como en casa mis papás son cristianos, tienen biblias como platos y cucharas. Obvio que no quería salir con el ojo michi, pero la Aurora me dijo que lo hiciera, que le topara. Al final salí sonriente, como creyendo que eso lo arreglaba todo, me senté en una mesa de aquella librería donde quedamos de vernos. Antes de él, había tenido dos Davides más, así que pensaba que el tercero podría significar otra aventura chistosita, pero estaba emocionada, nerviosa, hablaba mucho, más de lo que común, luego me callaba como en pensamiento oportuno.
Me invitó a salir para fumar un cigarro, estábamos con ganas de sonreír a cántaros, me tomó una foto con su celular, me dijo que ganaría ese premio, que él estaba seguro de mi habilidad. Ahora que sabemos la verdad, creemos que el tiempo es sorpresivo. Luego me invitó en la noche a la Chopería, me besó, me prometió que me iba a llevar a un concierto de Juan Gabriel, le dije que yo quería cantar el Noa Noa. Fuimos por unos tacos fresas; malos y caros. Nos sentamos en una casa bonita, de esas de la avenida Carranza. Le conté mis casos de la vida real, le dije que andaba mal, que estaba muy golpeada, que no me importaba soñar; me abrazó, dijo que él estaba igual, que había estudiado inglés, que era ingeniero en sistemas, que también tenía un hijo.
Subimos a un taxi y me quedé dormida, desperté en la puerta de mi casa; llamó a otro día para decirme que durante todo el camino me vio dormir. Me dio vergüenza. A los dos días regresó a mi casa, con una mochilita, como un niño bueno conoció a mi pequeño Lamar, fuimos a pasear con la tía Vianey. Me dijo que quería volver a reír.
Como a mí me gusta la gente seria, muda, sin habla, creo que hice una excepción con David o lo hice porque me habían cansado los chiquillos menores, a mí que tanto me fascinaban. Me cautivaba la gente silenciosa pero ahora me producen una gran desconfianza, me dan miedo y les huyo. También estaba cansada de esos hombres que sólo ven y hacen muecas con los ojos y les da miedo la gente escandalosa como yo. Claro que el equilibrio es una noción irreal, porque yo no suelo ser esa persona medida. Tampoco quiero presumir de esa imprudencia que me ha caracterizado, ahora ando más tranquila, de verdad, aunque no me lo crea, ya me están entrando los treinta, ya me han dado cabezazos, me he peleado y he mordido.