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Poemas de Manuel Maples Arce

(México, 1900 -1981)

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El poeta y el ciego

Una tarde que en Londres paseaba ociosamente

adosado a una esquina hallé un ciego cantor;

parecía una escultura por su mirar ausente.

Mi socorro en sus manos le puse con fervor.

En sus brazos brezaba un acordeón doliente

de voces quejumbrosas y dolor de arrabal.

Cantó algo parecido a mi vagar trausente,

por el tiempo y los muros de una edad ideal.

¡Cuánto me gustaría que los viejos juglares

cantaran las estrofas de mi viviente afán,

por calles trajinantes de mancillados lares!

Y que siempre se canten en las tardes de duelo,

polvorosas de gente, como en Portobelo,

entre harapos y huesos que al camposanto van.

Canción desde un aeroplano

Estoy a la intemperie

de todas las estéticas;

operador siniestro

de los grandes sistemas,

tengo las manos

llenas

de azules continentes.

Aquí, desde esta borda,

esperaré la caída de las hojas.

La aviación

anticipa sus despojos,

y un puñado de pájaros

defiende su memoria.

Canción

florecida

de las rosas aéreas,

propulsión

entusiasta

de las hélices nuevas,

metáfora inefable despejada de alas.

Cantar

Cantar.

Todo es desde arriba

equilibrado y superior,

y la vida

es el aplauso que resuena

en el hondo latido del avión.

Súbitamente

el corazón

voltea los panoramas inminentes;

todas las calles salen hacia la soledad de los horarios;

subversión

de las perspectivas evidentes;

looping the loop

en el trampolín romántico del cielo,

ejercicio moderno

en el ambiente ingenuo del poema;

la Naturaleza subiendo

el color del firmamento.

Al llegar te entregaré este viaje de sorpresas,

equilibrio perfecto de mi vuelo astronómico;

tú estarás esperándome en el manicomio de la tarde,

así, desvanecida de distancias,

acaso lloras sobre la palabra otoño.

Ciudades del norte

de la América nuestra,

tuya y mía;

New-York,

Chicago,

Baltimore.

Reglamenta el gobierno los colores del día,

puertos tropicales

del Atlántico,

azules litorales

del jardín oceanográfico,

donde se hacen señales

los vapores mercantes;

palmeras emigrantes,

río caníbal de la moda,

primavera, siempre tú, tan esbelta de flores.

País donde los pájaros hicieron sus columpios.

Hojeando tu perfume se marchitan las cosas,

y tú lejanamente sonríes y destellas,

¡oh novia electoral, carrusel de miradas!

lanzaré la candidatura de tu amor

hoy que todo se apoya en tu garganta,

la orquesta del viento y los colores desnudos.

Algo está aconteciendo allá en el corazón.

Las estaciones girando

mientras capitalizo tu nostalgia,

y todo equivocado de sueños y de imágenes;

la victoria alumbra mis sentidos

y laten los signos del zodíaco.

Soledad apretada contra el pecho infinito.

De este lado del tiempo,

sostengo el pulso de mi canto;

tu recuerdo se agranda como un remordimiento,

y el paisaje entreabierto se me cae de las manos.

Ars poética

Hay algo todavía que no debo callar.

Es siempre preferible solamente gustar

a unos cuantos selectos que a mil de lo vulgar.

No busques a la Plebe, no sigas las charangas.

No creas que la poesía es un juego de mangas.

Tampoco el espejo del tiempo en que te ves.

Es lo real absoluto como dijo un romántico.

¿El rosal, la mujer, la estrella de mi cántico

o la viva nostalgia de lo que pudo ser?

Poesía es lo que es.

Son Las flores del mal, de Carlos Baudelaire,

Rimbaud, Nerval, Stéphan Mallarmé,

maestro de la ausencia y el imposible ¿qué?

Cendrars, Apollinaire.

Incluyo a las Españas:

A Jorge Manrique, el de la muerte sentida,

Góngora, Quevedo, quien dijo del Osuna:

“Su tumba son de Flandes las campañas

y su epitafio la sangrienta luna”,

Juan Ramón, andaluz de universal medida,

García Lorca, el gitano, eterno asesinado,

Aleixandre, el Nobel de vendimias extrañas,

el segundo Machado, el del tiempo y la vida.

A México también con Ramón López Velarde,

el primero en Zozobra, sin desdén para tantos

de un afán infinito, cuyo corazón arde

bajo el cielo sediento de pájaros y hechizos

en las altas planicies, y los que nuevos cantos

trajimos de los ríos de viejos paraísos.

La poesía es lo que vive más que una sepultura.

Es la pura excepción. Un soplo de altura.

La flor invulnerable a la espada temida.

El último reducto que nos deja la vida.

Es angustia, horizonte, anhelo del confín.

Puerto

Llegaron nuestros pasos hasta la borda de la tarde;

el Atlántico canta debajo de los muelles

y presiento un reflejo de mujeres

que sonríen al comercio

de los países nuevos.

El humo de los barcos

desmadeja el paisaje;

brumosa a travesía

florecida de pipas.

¡Oh rubia transeúnte de las zonas marítimas,

de pronto eres la imagen

movible del acuario!

Hay un tráfico ardiente de avenidas

frente al hotel abanicado de palmeras.

Te asomas por la celosía

de las canciones

al puerto palpitante de motores

y los colores de la lejanía

me miran en tus tiernos ojos.

Entre las enredaderas venenosas

que enmarañan el sueño

recojo sus señales amorosas;

la dicha nos espera

en el alegre verano de sus besos;

la arrodilla el océano de caricias,

y el piano

es una hamaca en la alameda.

Se reúne la luna allá en los mástiles,

y un viento de ceniza

me arrebata tu nombre;

la navegación agitada de pañuelos

y los adioses surcan nuestros pechos,

y en la débil memoria de todos estos goces

sólo los pétalos de sus estremecimientos

perfuman las orillas de la noche.

Prisma

Yo soy un punto muerto en medio de la hora,

equidistante al grito náufrago de una estrella.

Un parque de manubrio se engarrota en la sombra,

y la luna sin cuerda

me oprime en las vidrieras.

Margaritas de oro

deshojadas al viento.

La ciudad insurrecta de anuncios luminosos

flota en los almanaques,

y allá de tarde en tarde,

por la calle planchada se desangra un eléctrico.

El insomnio, lo mismo que una enredadera,

se abraza a los andamios sinoples del telégrafo,

y mientras que los ruidos descerrajan las puertas,

la noche ha enflaquecido lamiendo su recuerdo.

El silencio amarillo suena sobre mis ojos.

Prismal, diáfana mía, para sentirlo todo!

Yo departí sus manos,

pero en aquella hora

gris de las estaciones,

sus palabras mojadas se me echaron al cuello,

y una locomotora

sedienta de kilómetros la arrancó de mis brazos.

Hoy suenan sus palabras más heladas que nunca.

Y la locura de Edison a manos de lluvia!

El cielo es un obstáculo para el hotel inverso

refractado en las lunas sombrías de los espejos;

los violines se suben como la champaña,

y mientras las orejas sondean la madrugada,

el invierno huesoso tirita en los percheros.

Mis nervios se derraman.

La estrella del recuerdo

naufragaba en el agua

del silencio.

Tú y yo

Coincidimos

en la noche terrible,

meditación temática

deshojada en jardines.

Locomotoras, gritos,

arsenales, telégrafos.

El amor y la vida

son hoy sindicalistas,

y todo se dilata en círculos concéntricos.

PortadaManuelAcuna

Poemas de Manuel Acuña

(México, 1849-1873)

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A la patria

Ante el recuerdo bendito

de aquella noche sagrada

en que la patria alherrojada

rompió al fin su esclavitud;

ante la dulce memoria

de aquella hora y de aquel día,

yo siento que en el alma mía

canta algo como un laúd.

Yo siento que brota en flores

el huerto de mi ternura,

que tiembla entre su espesura

la estrofa de una canción;

y al sonoroso y ardiente

murmurar de cada nota,

siendo algo grande que brota

dentro de mi corazón.

¡Bendita noche de gloria

que así mi espíritu agitas,

bendita entre benditas

noche de la libertad!

Hora del triunfo en que el pueblo

vio al fin en su omnipotencia,

al sol de la independencia

rompiendo la oscuridad.

Yo te amo… y al acercarme

ante este altar de victoria

donde la patria y la historia

contemplan nuestro placer,

yo vengo a unir al tributo

que en darte el pueblo se afana

mi canto de mexicana,

mi corazón de mujer.

 

Pobre flor

 

«¿Por qué te miro así tan abatida.

pobre flor?

¿En dónde están las galas de tu vida

y el color?

»Dime, ¿por qué tan triste te consumes,

dulce bien?»

—«¿Quién?, ¡el delirio devorante y loco

de un amor,

que me fue consumiendo poco a poco

de dolor!

Porque amando con toda la ternura

de la fe,

a mí no quiso amarme la criatura

que yo amé.

»Y por eso sin galas me marchito

triste aquí,

siempre llorando en mi dolor maldito,

¡Siempre así!»—

¡Habló la flor!…

Yo gemí… era igual a la memoria

de mi amor.

 

Ya verás

 

Goza, goza, niña pura,

Mientras en la infancia estás;

Goza, goza esa ventura

Que dura lo que una rosa.

¿Qué?, ¿tan poco es lo que dura?

Ya verás niña graciosa,

ya verás.

Hoy es un vergel risueño

La senda por donde vas;

Pero mañana, mi dueño,

Verás abrojos en ella.

¿Pues qué?, ¿sus flores son sueño?

Sueño nada más, mi bella,

Ya verás.

Hoy el carmín y la grana

Coloran tu linda faz;

Pero ya verás mañana

Que el llanto sobre ella corra…

¿Qué?, ¿los borra cuando mana?

Ya verás cómo los borra,

ya verás.

Y goza mi tierna Elmira,

Mientras disfruta de paz;

Delira, niña, delira

Con un amor que no existe

¿Pues qué?, ¿el amor es mentira?

Y una mentira muy triste,

Ya verás.

Hoy ves la dicha delante

Y ves la dicha detrás;

Pero esa estrella brillante

Vive y dura lo que el viento.

¿Qué?, ¿nada más dura un instante?

Sí, nada más un momento,

ya verás.

Y así, no llores mi encanto,

Que más tarde llorarás;

Mira que el pesar es tanto,

Que hasta el llanto dura poco.

¿Tampoco es eterno el llanto?

¡Tampoco, niña, tampoco,

ya verás!

 

Un sueño

 

A Ch….

 

¿Quieres oír un sueño?…

Pues anoche

vi la brisa fugaz de la espesura

que al rozar con el broche

de un lirio que se alzaba en la pradera

grabó sobre él un «beso»,

perdiéndose después rauda y ligera

de la enramada entre el follaje espeso.

Este es mi sueño todo,

y si entenderlo quieres, niña bella,

une tus labios en los labios míos,

y sabrás quién es «él», y quién es «ella».

 

Soneto

 

Porque dejaste el mundo de dolores

buscando en otro cielo la alegría

que aquí, si nace, sólo dura un día,

y eso entre sombras, dudas y temores.

Porque en pos de otro mundo y de otras flores

abandonaste esta región sombría,

donde tu alma gigante se sentía

condenada a continuos sinsabores.

Yo vengo a decir mi enhorabuena

al mandarte la eterna despedida

que de dolor el corazón me llena;

que aunque cruel y muy triste tu partida,

si la vida a los goces es ajena,

mejor es el sepulcro que la vida.