No hay memoria de lo que sucedió antes…
Eclesiastés 1:11

Era el verano del año dos mil,
ya entrado agosto,
cuando llegué a un sitio
de forajidos y ladrones;
a ese lugar ahora dominado
por animales que rumian en la hierba
de bajos vuelos eruditos;
que únicamente conservan su empuje
para atacarnos
en el instante del silencio.
Se podría decir que entonces
era temprano
para mirar de frente al alba.

A veces recuerdo
ciertos detalles púdicos
de esa universidad de artes y oficios
propios de hombres tuertos,
entronados de pronto como reyes
de alguna tierra yerma y provinciana,
y aquel presente
pesa demasiado en mi cuerpo.

Se podría decir
que el lenguaje de ese lugar
no era adecuado
para ciertas especies en peligro
como los árboles en piedra,
como los frutos de salvaje aroma,
como una ardilla gozando sus pasiones
bajo la mirada de un sol delirante.